Aceptación

Cuando un gran bailarín de tango me dice de ir a bailar esta noche y no puedo porque tengo un brote lúpico es cuando me dan ganas de explicarlo. El lupus (yo le llamo con cariño “Lupitos”) está desde hace más de dos años. Lo primero que hizo fue matar mi largo cabello y por eso me lo corté, así que ahora puedo afirmar que tiene buen gusto. Hay varios síntomas, desde la típica rojez de la cara, causada muchas veces por el sol, (por eso uso sombreros, y porque me encantan) hasta la mala digestión, náuseas, dolor en los riñones, y “niebla lúpica” una especie de inflamación en el cerebro que nos hace dispersos y olvidadizos. (sin embargo existen las agendas, así que no puedo defenderme con esto de mis olvidos). El síntoma más cabrón, por así decirlo, es la “fatiga”. Un cansancio muy parecido a la sensación de que se nos acaba totalmente la batería del móvil, y el móvil es nuestro cuerpo. También tengo la sensación de “cargarme” si descanso. Y luego se vuelve a descargar y no hay manera de funcionar.
El lupus es una enfermedad autoinmune, inflamatoria. La inflamación en las articulaciones no ayuda a mis rodillas, por eso ya no uso tacones al bailar. Me niego a usar los tratamientos tradiciones de inmunodepresores y desinflamatorios ta dañinos como la cortisona. Voy probando una terapia tras otra y a veces paso meses y meses bastante bien, con brotes de tan solo un par de días. Ahora tengo como tres semanas con uno, pero hoy me siento mejor, y ayer bailé como hace años no hacía. 

Como sobreviviente de la esclerodermia, he experimentado la remisión de una enfermedad “incurable”, y espero que esta también remita. Así que sólo pido compresión cuando simplemente no puedo asistir a eventos, y cooperación cuando estoy en una de mis terapias raras. Me encanta el café, la harina de trigo, el vino y la cerveza, pero intento averiguar si dejándolos mi salud mejora. Espero publicar muy pronto que los síntomas brillan por su ausencia y que puedo seguir y seguir y seguir bailando.

¡Cinco años!

Fui al parque de la Ciudadella a reunirme con Eva, Karen y compañía en la hora justa en la que el sol se pone coqueto. Me acordé de hace cinco años, cuando llegué a Barcelona, y me encanta darme cuenta que cinco años después no me gusta igual, me gusta más, tal vez porque entonces no tenía amigos y ahora disfruto de las risas y los abrazos y los escenarios llenos de encanto lo mismo que de encantadores.

Hoy descansaba en el pasto comiendo uvas y mirando las nubes de colores, recordando que hace treinta años disfrutaba del atardecer en Nogales Veracruz, comiendo nísperos y mirando a las luciérnagas cortejarse entre los arbustos, mientras nubes de moscos nos convencían de entrar en la casa. Hace veinte años hacía lo mismo pero mirando el cielo yucateco, con Lili, la cabra bebé, y Steve, mi perro pastor, mientras el resto del rebaño regresaba del potrero haciendo sonar sus cencerros. Años después vendía plátanos en la Central de Abastos del pueblo vecino, Oxkutzcab. Cajas y cajas de plátanos, a primera hora de la mañana. Lo único que me gustaba de levantarme tan temprano dos veces a la semana era mirar el cielo del amanecer, más impresionante aún que el crepúsculo. Diez años más tarde me asombraba cuando impartía clases de redacción y literatura en el Piaget, en la ciudad de Mérida, y conducía mi coche a las 6:30 de la mañana hasta el campus en las afueras de la ciudad, mientras el sol prendía fuego a las nubes madrugadoras. Ahora, a miles de kilómetros,  charlo con Eva sobre nuestro baile y los proyectos conjuntos en tango. ¿Puede la vida ser tan disparatada, tan versátil, tan cambiante? ¿Dónde estaré dentro de diez años? ¿Dentro de seis meses?

Nunca pude haberlo planeado. Todo sucedió ante mi asombro. La vida me vive a su antojo, sin dejarme tiempo para el aburrimiento. Y sólo cuando yo, como una espectadora maravillada, presto atención a todo como si fuera una extraterrestre metida en mi cuerpo, es cuando lo disfruto y me entra un vértigo delicioso, anticipando la próxima sorpresa. ¿Qué apreciaré, por qué me sentiré agradecida? ¿Qué nuevo gesto de amor recibiré, qué nuevo drama, actividad, aprendizaje, paisaje se hará presente? Ante una vida que se manifiesta como imprevisible, la fluidez ante el cambio es la única manera de mantener el equilibrio, que pierdo con bastante frecuencia, y recupero con toda la gracia posible.

Celebro mis cinco años en Barcelona, no sé cómo es que llegué hasta aquí, y me encanta haberlo hecho, o que la vida me lo hiciera, que es lo mismo.

Día en el día

Escribo sentada en el sofá. La luz que entra por la puerta de la cocina ilumina mi mesa llena de acuarelas, pinceles, y algunos bocetos echados a perder en el proceso de experimentación. Acabo de regresar de tomar un té en alguna de las cafeterías del barrio, y de saludar a Pía y hablar un momento de nuestras webs, y de comentar con Omar el problema de la cañería de mi casa, y de pasarme a C.O. Llibería a comprar una de las bolsas que imprime Adriá. Anoche fui a una fiesta con amigos, cumplía años Sergio, fotógrado, y me la pasé charlando con Sandra, la talentosísima cantante de tango, y con Maúd, a quien le alquilo su sala aquí en el barrio para mis clases de tango. Y con Gise y Ale, una pareja de profesores y bailares que acaban de tener un bebé, hace cosa de un mes, y el miércoles pasado bailaron con él en la Glorieta.

Ahí estuve yo y lo vi, a los tres abrazados, bailando en el escenario magnífico de un parque de la Ciudadella al atardecer. Estaban ahí mis queridos Kampa y Berta y muchos más amigos que hacía un mes no veía, desde que paré por la lesión. Ahora, con una rodillera, puede bailar algunos tanguitos que disfruté como nunca. Sí, estuve contenta escribiendo y pintando y leyendo libros que atesoro, pero no soy feliz sin bailar. El tango es algo que disfruto no sólo porque moverme es un placer, sino por la parte social que trae incorporada. Porque mis amigos del tango son gente cálida y alegre y porque la creatividad, la conexión, los abrazos y la gratitud de las personas con las que comparto, valen mucho. Mi vida en el tango sabe rico, es gratis y además no engorda.

Estoy contenta, dándome cuenta que la vida que quiero es la vida que vivo. Veo que tantas veces he perdido la paz en busca de algo que quiero conseguir más adelante. Que he olvidado el placer de usar un vestido lindo (cómo me gustan los vestidos) por el afán de estrenar uno nuevo. ¡Y hay tanta vida ya en este día nublado! La pintura, la comida, un libro gordo esperándome a un lado de la almohada, en el reproductor la pequeña orquesta de trovadores, y ahora mismo, mis amigos Nando y Luz que me dicen de vernos en la noche.

La puerta de la cocina se cierra a causa de un viento que parece anunciar lluvia, o sólo prometerla. Dentro de casa termina de reproducirse una pieza de Chopin. Cierro el enorme libro que estoy leyendo, (casi 800 páginas de placer) y me siento agradecida de mi sencilla vida en el barrio. Hoy hice mi primera meditación con Chocobuda, y estoy contenta de haberme sentado cinco minutos más de los quince que hago normalmente. Veinte minutos de sensatez, que no sé si compensan que el resto del día piense tantas locuras. Creo que estoy haciendo berrinche desde la vista de Ikal en abril pasado, que me dio tantas ganas de compartir mi vida en pareja, y el fracaso que ha sido pensar que sea posible con él. Entonces me pongo en un plan tontísimo como de víctima fatal de viejos traumas y de actuales incoherencias…y la verdad estoy cansada del victimismo como forma de vida.

¿Saben a qué se parece hacerse el muerto? Pues a morirse. Es cómodo estar enferma y cansada y con sueño todo el día, los demás se tienen la culpa, por no dar la talla, o por ser malvados, o estar heridos. Y a mí que me quiten la responsabilidad de cualquier cosa, total estoy enferma y siempre he estado enferma y así voy a seguir. Y ya que no puedo ser feliz ni hacer lo que quiero: léase, vivir felizmente en pareja. Pues a vivir infelizmente con pequeños consuelos: un vestido nuevo, un par de saludos por Internet con el susodicho dicho, varias horas dedicadas a pensar en todo lo que no puedo hacer porque…bueno, pues porque me estoy haciendo la muerta.

Aquí dentro la casa vibra de color. Sobre la mesa del comedor mis acuarelas se mueren del aburrimiento. Mi libro placentero me dice que a la vuelta de la esquina hay miles más, tengo ideas que crecen como hongos en días de lluvia, no estoy vieja, tengo creatividad y habilidad y una inteligencia estratégica. A pesar de toda esta amargura hay ternura aún en mi corazón y me gusta la gente y tengo curiosidad por la vida y hay millones de cosas que no he vivido aún y que se agolpan a una puerta que no abro porque pienso que ahora no, que espérenme un poco que coja aire, un poco nomás que junte energía.

La diferencia entre quejarme y hacer. Aunque al principio no sea placentero, aunque me cueste trabajo, aunque mi niña mimada prefiera quedarse entre las sábanas a lamerse las heridas. Me levanto y echo a andar.

Crisis de verano

Hacía años que no tenía vacaciones. En mi calidad de inmigrante en Europa me la pasé trabajando cada semana de los cuatro años anteriores, hasta que se me lesionó la pierna izquierda y tuve que parar. Llevo así desde finales de julio, diciendo que me viene bien, que es una oportunidad para detenerme y que ya me viene bien dedicarme a otras cosas que también me gustan. La verdad es que es una putada, cómo no, me encanta bailar, me gusta la gente del tango, adoro ir a la Glorieta en verano al aire libre y quiero seguir practicando con Dafne y con Eva apenas llegue septiembre, pero aún no sé si será posible. Por si fuera poco, el 80% de mis ingresos dependen del tango y me muero de ganas de regresar al Rouge con nuestro querido proyecto de Tango Queer y a mi entrañable grupo de los lunes en Susurro, las cañas después de clase, la buena onda de alumnos y colaboradoras.

Pasan los días, la pierna sigue igual y estoy que me da un patatús. Tengo una preciosa web nueva de tango y espero estar ahí para participar de todas sus actividades. La tubería del fregadero atascada, la lavadora averiada, creo que me va a dar gripe después de este brote de Lupus. Y quiero a mi mamá.

Entonces, en medio de este pánico me ha dado por meditar más. Cada mañana. Hoy hice un bonito descubrimiento. ¿Saben qué pasa cuando consigo detener el torrente de pensamientos?  ¿Silencio y paz? Pues no: ¡canto! Sí, me da por tararear. Y otra cosa, hoy me pillé creando un poema. Veamos que pasa mañana.

Estoy entendiendo en qué consiste la práctica de la acuarela. Es como cuando empezaba a bailar: lo hacía sin precisión pero con mucho entusiasmo. Me llevó años conseguir una consciencia y una técnica avanzadas, así que a seguir practicando, y disfrutando también de la etapa de la ingenuidad y la sorpresa de mi etapa de principiante.

Escribir ha sido y sigue siendo mi tabla de salvación, y estoy contenta de todo el orden, la coherencia que ha nacido este mes, madura y deslumbrante después de tantos años sin saber qué es lo que quiero al escribir. Ahora lo sé, y es como si una luz se encendiera dándole sentido a este mes tan jalado de los pelos. Gracias vida, ahora devuélveme mi pata por favor.

El tiempo es vida

“Te veo esforzándote para conseguir trabajar más para ganar más dinero, para comprar algo que es gratis“. Le dije a un amigo emprendedor el mes pasado. Hace un momento comentaba con mi hermana Ceci la lectura de unos testimonios de mujeres emprendedoras. Convirtieron su pasión en un negocio, tuvieron éxito, pero echan de menos un salario fijo, trabajan muchísimo, y quisieran más tiempo libre. “No estoy segura de querer conseguir lo mismo”. Le dije. ¿Para que empezar a crear un sistema que me permita tener el dinero para comprar lo que ahora tengo, sin trabajar? 

Quiero encontrar la manera de ser más organizada para reducir mi ansiedad y poder disfrutar de esto que ahora está en mi vida: una linda casita en un barrio mágico, horas libres para leer y escribir, ideas creativas esperando mi atención, técnicas que quiero dominar para poder llevar a cabo proyectos de ilustración y de edición.

Y es bueno tener claro esto, quiero “poder” pero un poder que no se consigue con un estatus económico. (Quiero el estatus económico, por qué no, pero no a costa de mi tiempo).  Esta mañana escribía a mano en un preciosa libreta, regalo de mi amiga Nadia: “Quiero poder para no ser esclava de mis hábitos, y sentarme a escribir hasta perder la noción del tiempo. Poder para terminar lo que empiezo y poder perfeccionar lo que hago. ¡Poder decidir! Y poder sentirme libre y dichosa con las decisiones de dejar unas cosas por otras. Poder descansar profundamente y poder leer mi nueva adiquisión en la librería Haiku a cualquier hora del día”. 

Agradezo de mi crianza en el rancho que mi padre, un emprendedor sin límites, y mi madre, una mujer de armas tomar, me enseñaron algo imprescindible para prescindir de la esclavitud por dinero: el “poder hacer”. Nos enseñaron a mí y a mis hermanos a sembrar una planta de tomate y cosechar sus frutos, a seguir una receta de cocina y a inventarnos otras. A ordeñar leche de cabra y preparar queso fresco con ella. En la vieja casa con techo de palma, una vez que llovía y llovía, me senté y escribí a mano un recetario completo de los panes y galletas que hacíamos en nuestra amplia cocina de campo. Quiero eso que ya tenía a los 16 años, poder sentarme hasta terminar un libro, porque no hay prisas, y tiempo es todo lo que necesito, atesoro, y comparto. Porque es la vida.

Cocinar: cuidado y creatividad

Mi amigo napolitano Sergio es chef, y por supuesto, disfruta como un loco desde el ir al mercado a comprar en sus puestos favoritos hasta el momento en que nos mira a sus invitados limpiarnos la boca con la servilleta al final del festín. Hace poco le compartí que ya no me sale tan mal eso de cocinar. — ¿Qué es lo que ha hecho que mejore? — Me preguntó. — Que ahora le pongo más atención al proceso. Casi aplaude.

Cuando dejé de cocinar para mi familia de seis me sentí una inútil haciendo raciones pequeñas. Gracias a mi distracción de toda la vida quemé todas las ollas y sartenes hasta que le encontré el punto a cocinar sólo para una. Pero no me esforcé mucho en lo que preparaba pues siempre podría acudir a unos quesadillas si tenía poco tiempo. Regresaba de mi trabajo de profesora con la misma urgencia de hambre que de sueño, y en ese estado de agotamiento no me daban ganas de ponerme exquisita con la comida. Cocinar se convirtió en “algo que hay que hacer”, y si se puede evitar, mejor. Una amiga dijo una vez, acertadamente, que no podría ser feliz si no aprendía a cocinar. Supongo que vale para toda acción que sea al mismo tiempo nutritiva y creativa.

Ahora cocinar es un momento de conexión. Dejo a un lado teléfono y computadora y dedico poco tiempo, pero bien enfocado, a la tarea de cocinar. Como mi amigo Sergio disfruto hacer la lista de la compra, hoy por ejemplo, fui al mercado a dejar dos bolsas de libros al centro de recogida y me sentí feliz de deshacerme de esos títulos que no me interesa conservar y aproveché para hacer la compra. Consigo todo lo que necesito a menos de cinco calles alrededor de mi casa. Cocino oliendo, tocando, atenta al proceso. Corté un tomate en cuadritos  y un poco de pimiento verde en el sartén con un chorrito de aceite de oliva. Lo sofreí y luego le añadí champiñones frescos rebanados y espinacas, pimienta y cúrcuma, sal con moderación. Y…me acordé que tenía unas lentejas cocidas, así que fueron a dar al mismo sartén. ¡Quedó buenísimo!

 

Atención y acción

Tres grandes lecturas este mes. Los tres libros me costaron cinco euros. El primero lo encontré en el centro de recogida de libros que está en el mercado del barrio y los otros dos en una librería de segunda mano.

“Así de grande” de Edna Ferber. Me recordó que siempre he querido la belleza y que una vida sencilla puede ser también una vida plena. Su segunda protagonista, Dallas, es una pintora que sabe lo que quiere, y lo que es mejor, lo hace.
“Tomando el sol bajo la lluvia” de la poeta Gwyneth Lewis me recordó mis episodios de depresión y lo importante que es la poesía para mí. Lewis dice que uno de los motivos de su enfermedad fue pensar demasiado. Lo mismo digo. El zen y la poesía, como “detectora” de mentiras, la llevaron otra vez a el presente y a la verdad.
“Un ataque de lucidez” de Jill. B. Taylor. Jill era una científica que estudiaba el cerebro humano en Harvard y sufrió un derrame cerebral que la dejó con el hemisferio izquierdo averiado y el derecho reinando en su cabeza, lo que la llevo a vivir en un estado de gracia y beatitud. Después de los muchos años que le llevó recuperarse, insiste en seguir privilegiando la atención y las acciones que le hagan conectar con el hemisferio derecho.

En este mes en que la pierna izquierda me tiene parada en casa, estoy encontrando la inspiración para hacer de mi vida en pequeño una sucesión de atención y acciones. Atención a la energía de mis manos, la acción de lavar los platos: atención a la música de la plaza, la acción de escribir un post. Atención a este dolor que llega y pasa. La acción de cocinar. Atención a los colores y las texturas de la acuarela. La acción de pintar. Atención a este momento en que la emoción parece cobrar forma física. La acción de escribir un poema.

Agosto 13

Podría escribir un libro sobre mis andanzas por el barrio. de hecho, lo estoy escribiendo. Por ejemplo con cosas casi intrascendentes como que ayer fui a a la Plaza de la Virreyna a tomar el té a una de sus terrazas bajo los árboles y el cielo a punto de llover. En la mesa de la derecha estaba escribiendo una mujer rubia y grande, una página tras otra en su bloc cuadriculado. A mi izquierda, un señor que fumaba también tomaba cafés cortados y escribía con una caligrafía gorda en una libreta delgada. Estuvimos ahí los tres como sentados en los pupitres de la misma escuela, escribiendo muy seriamente, cada uno en lo suyo. Yo no estaba tan seria, al contrario, estaba muy contenta con la coincidencia y les miré discretamente a los ojos en busca de alguna complicidad. No la obtuve. Me fui de ahí contenta con mi propia escritura y con la belleza del mediodía nublado, y reflexionando sobre la soledad de la gente que escribe. ¿Es necesaria?

En los días pasados he disfrutado de los ratos a solas, mientras más alejados de Internet, mejor. Hay algo que se sosiega y se asienta, y luego sube encontrando su camino para expresarse. Es una soledad para digerir y para construir, pero no es una soledad para nutrirse. La nutrición en la escritura viene de compartir en las charlas y en las lecturas. Hoy en la mañana estaba sentada en la Plaza del reloj y escribía que el barrio, previo a la fiesta mayor, parece una enorme oruga que en unos días, sería un despliegue de colores. Entonces pasó Lía con papel rojo y amarillo para contribuir a la decoración de su edificio. Se detuvo a sentarse un rato conmigo, saludó a la camarera que también es su vecina, sonrió con esa elegancia despampanante que le es tan natural, y se marcho con sus papeles y material de reciclaje bajo el brazo.

Ayer también fui al cine Verdi a la función de las seis. Sentada nuevamente en la sala silenciosa me di cuenta que estaba rodeada sólo con personas de la tercera edad. Nadie comía palomitas, nadie miraba la luz de su móvil. Yo estaba feliz como una niña pequeña a la que acaban de complacer con un capricho, y estuve a punto de aplaudir del entusiasmo conmigo misma. Y después me dieron ganas de compañía y no escribí mi post de la noche, pero sí hablé con Ikal y quedamos nuevamente como amigos. Algo que creía perdido regresó a mi corazón por la generosidad de quien por ya un poco más de siete años ha sido mi cómplice y secuaz. Ojalá que en algún momento volvamos a escribir juntos. Por el momento escribo yo, y mis vecinos silenciosos, y las mujeres del grupo de Facebook, y la gente de Twitter y las escritoras que leo y me conmueven, como esa mujer que sufrió el derrame cerebral y de pronto descubrió que sólo el  hemisferio derecho le funcionaba. Y entonces se encontró lúcida y feliz y creativa. Después de recuperarse se da a la tarea de acallar la voz crítica del hemisferio izquierdo y todos sus juicios y temores. He estado practicando eso los dos últimos días, y el mundo de repente parece un lugar mucho más amable para vivir. Me siento muy bien.

Agosto 11

A mí no me hace feliz un piropo o un galanteo, a mí lo que me chifla a un grado máximo es que alguno de mis vecinos me salude en la calle. Si quieren verme feliz caminando con una sonrisa de oreja a oreja por el barrio, es después de unos de estos encuentros. Creo que es algo como la necesidad de pertenecer. Aquí mismo en mi calle la dependienta de “La flor” lee un libro sentada en la puerta de su tienda de ropa. Nos saludamos. Los niños chinos de la verdulería de enfrente juegan a la pelota. Hace un año estaba tan contenta que me paré a jugar pelota con la niña de Meh. Adriá charla con una persona diferente cada vez que paso frente a la librería. A veces es conmigo. Marianela parece ser la mejor amiga de todas las clientas de su tienda de segunda mano, pero yo estoy contenta con que sea mi amiga. Las chicas del Suís ya saben que voy por un té verde. El más guapo de los chicos de otro café no me cobra el extra por la leche de soja para mi café orgánico, y así podría seguir con por lo menos media docena de tiendas y cafeterías. Me encanta el barrio. La vida de barrio. Hoy decidí ir al cine Verdi, al que fui por esa calle de la que toma el nombre, toda sombreada de árboles y franqueada por tiendas y restaurantes pequeños todos, a mi medida. Tendría que ir más seguido, ofrecen películas de autor a cinco minutos a pie de mi casa y siempre salgo muy inspirada. Después de la película, por las calles familiares de siempre, me sentí inmediatamente dentro de otra peli no menos bonita. Nuevamente, como cuando regresaba a la casa del rancho después del pastoreo de cabras, mientra veía las luces de la casa encendiéndose en medio de un concierto de grillo y cigarras me digo: ¡Vivo  en un cuento!

Hoy vino a ver mi habitación en alquiler una chica muy agradable. Es diseñadora gráfica, trabaja en un taller por Plaza del Sol y es de una población de los alrededores. Quiere vivir en el barrio. La entiendo. Cuando vi mi destartalada área común en esta vieja casita exclamó: ¡qué bonito! Me dijo que le gustaba mucho, y que acababa de ver un piso y luego vería otro más y que en la noche me diría algo. No esperó a la noche. Yo tampoco. Así que tengo nueva compi.

Al medio día pensaba que si yo hubiera escrito el guión de mi vida no podría haberlo orquestado todo tan bien. Sobra la ansiedad y todos esos dolores enfermíseros, pero tal vez no sobran, no lo sé. La ansiedad sí, definitivamente, y mi incansable cuentacuentos de terror del hemisferio izquierdo del cerebro. Por eso me voy a poner a pintar un poco, a ver si me da una tregua.