Desaparición
Es tarde ya en la casita blanca. Disfruté del sol del atardecer sentada en el sofá, bebiendo un sustituto de café (quiero dejar el vicio) y ahora disfruto de la media luz de la lámpara encendida y la soledad con música de acordeón que llega desde la plaza vecina. Establecida en el barrio de Grácia, salgo a mi clase de pilates a media mañana y me encuentro a dos amigos escritores desayunando en la Plaza de la Virreyna. Regreso a casa y me cruzo con una compañera de la escuela de tango que pasa en bicicleta. Sólo a mi alrededor viven una docena de amigos y conocidos, si no es que más. Hace más de año y medio que no conduzco un coche y más de una semana que no me subo al metro. Es un mundo extraño este: no veo la TV y raramente me entero de las noticias mundiales. En medio de esta sencillez viene a visitarme mi antigua irritabilidad, esa versión odiosa de mí misma que mis hermanas conocen muy bien. La miro y le pregunto. ¿Y ahora qué? ¿Qué más quieres? Mira todo lo que ha cambiado nuestra vida, ¿no es suficiente? Entonces ella me muestra la penumbra de la tarde, estas líneas recién escritas, el sabor de la bebida todavía en la lengua, y desaparece.
Señales para regresar
Las nubes de lluvia dejan pasar una luz amarilla y Barcelona parece casi mágica con sus árboles recién poblados de hojas y sus calles húmedas y en penumbras. Desde la puerta de mi balcón puedo ver las azoteas mojadas y las golondrinas que dan vueltas y vueltas, como si el día estuviera por terminar, cuando apenas vamos por la mitad.
Me pareció que estaba muy equilibrada a inicios de la primavera: trabajo, movimiento, presentaciones en público, aplausos, más trabajo y mucho cariño. Pero de pronto sentí que todo mi equilibrio se venía abajo y sentí unas ganas enormes, casi al borde del llanto, de regresar a casa. Esto fue hace casi un mes, cuando empecé a regresar, siguiendo el camino marcado por migas de pan que una y otra vez cumplen su función: Ir a sentarme en un tronco caído en medio del bosque, sostener una hoja verde entre las manos, sentir nostalgia por los años vividos en Santa Catarina, entre insectos y tierra roja y abundancia de zapotes y mangos. ¿Qué le falta a mi vida ahora? ¿Más escritura, más silencio, un pelín menos de frivolidad? ¿Es hora de volver a Yucatán donde mis hermanas y amigas realizan comprometidos y necesarios proyectos? ¿O al rancho de mis padres donde están sembrando y cosechando como en los días de mi adolescencia? ¿Y dejar la alegría, la satisfacción, la hermosa comunidad de tango que me acoge con tanto cariño aquí?
Viajé a las afueras de Madrid para hablar largamente con Raquel y Juan y abrazar a su niña de poco más de un año. Volví a Barcelona con la convicción de que regresar a Yucatán no es el camino, pero “regresar” sigue siendo la tarea. Me he enfermado y detenido aún más, los días de lluvia sostenida colaboran con ello. ¡Y qué a gusto me siento escuchando el tronar de las nubes y el sonido de mi teclado! Me siento contenta con las decisiones que me han traído hasta este lugar y este momento pero también siento que se avecina un cambio más. Es posible más sencillez y más coherencia, tanto en las acciones como en las pausas.
Se anuncian la mitad el año más luminosa, con sus días soleados y largos y tengo muchas ganas de volver a mover la patita a ritmo de la música, pero eso puede esperar un poco más, que justo ahora toca escribir un par de cuentos arrimada a la estufa.
Un desliz
Luna llena. Y yo como un alacrán yucateco: sin dormir y deambulando por la casa cuando debí caer en coma hace 20 minutos. Hoy desperté tarde y al ver que hacía un día soleado decidí ir a escribir fuera…tal vez a algún parque o una plaza. Barcelona hoy parecía más seductora: los árboles aparentemente secos, dejan caer pequeñas semillas que se quedan prendadas de mi chaqueta negra, algunos presumen flores casi rojas de tan rosadas y los escaparates de las tiendas han renunciado a los letreros de “Rebaixes” y se disfrazan de adolescentes románticas.
Iba realmente feliz caminando y observando, cuando me pareció ver a unas personitas más felices que yo: cuatro niños trepados en una especie de escultura parecida a una pirámide. Se deslizaban en ella y volvían a subir con gran facilidad. ¡Me acordé tanto de Ticul! de mis diez años, tres hermanos, la pirámide del parque en los domingos que nos servía de resbaladilla y los juegos interminables casi al final de la infancia. Me dieron muchas ganas de subir a la pirámide y resbalarme por ella, ¿sería capaz? Me armé de valor, tomé impulso e inicié la subida a toda velocidad, pero algo me paralizó a media pendiente y tuve que bajar en reversa, no deslizándome, sino cayendo sobre mi espalda sobre el pavimento con una suavidad que todavía me sorprende. Después de unos segundos de patalear como tortuguita boca arriba, me incorporé de un tirón y me eché una carcajada que fue sólo la primera de toda una tarde de acordarme y volverme a reír. Me temo que no soy lo suficientemente niña para deslizarme en la escultura de la plaza, pero por fortuna soy lo suficientemente joven para que una caída no me duela nada.
Después de ayudar a Soizic en la mudanza, subiendo hasta su ático sin ascensor repetidas veces y de bailar sin parar durante la milonguita, todavía sigo sin dolor. La cama y el coma me esperan.
Regresar
La holgazanería como pérdida de tiempo es una idea nociva que sus enemigos sin entrañas han hecho que nos creamos. No se menciona nunca que la pereza puede ser enormemente productiva. Los músicos son tildados de gandules, los escritores, de egoístas ingratos; los artistas, de peligrosos. Robert Luis Stevenson expresó la paradoja de la manera siguiente en An Apology for Idlers “La holgazanería no consiste en no hacer nada, sino en hacer grandes cosas no reconocidas por los dogmas de las clases dominantes”. Una persona creativa necesita disponer de largos periodos de languidez, indolencia y de mirar al techo para poder desarrollar sus ideas.”
Tom Hodgkinson
Cuando no escribo miro hacia la ventana: Pasa una bolsa de flores y dos con basura, palomas que no saben de augurios pero sí cuándo lloverá. Si quiero preguntar sobre el futuro me asaltará una duda y se lo llevará todo. Pasa una bolsa de barras de pan, pasa una bolsa con patatas, pasa una bicicleta naranja y cuatro carritos de la compra a la vez. Pasa un cochecito de bebé con una muñeca de plástico adentro y no pasa nada de repente.
Solamente estar, dejar que mis intestinos respiren y me lo agradezcan y ver correr las motos haciendo un ruido simpático. Hoy la chica que atiende el bar desde donde observo, me abordó: “¿Te gusta mucho escribir, verdad? Siempre te veo escribiendo un montón”. Estuve unos minutos explicándole, a petición suya, cómo ayudarse de la escritura cronometrada para sus tareas de la universidad. Después me dio frío y me pareció tonto estar dentro de un café sin calefacción mientras afuera el sol hacía brillar la calle. Pagué y me fui a tomar un bus en dirección al mar.
La idea era poder tocar el agua con las manos sin mojarme las botas. Calculé la fuerza de las olas, la distancia entre mis pies y mi torso inclinado, la rapidez de mis reflejos (y cuántas tonalidades de rosa pueden tener las piedras entre la arena). Lo intenté, me mojé las botas, por supuesto y me alejé de la orilla decida a…regresar descalza.
La lista que surgió del frío
Ayer domingo desperté de muy buen humor. Sentí que amaba y agradecía cada pared de mi pequeño piso, el ruido de las bicicletas que pasan bajo mi ventana, las tazas sucias apiladas en el fregadero y el silencio del domingo interrumpido por los chillidos de la perra del vecino. Entonces salí de Barcelona, a casa de unos amigos en las afueras, a un asado bajo el sol y en contacto con la naturaleza y agradecí estar fuera de mis cuatro paredes. Después de más de dos años en esta parte del mundo los domingos se han convertido en una bendición. ¿Es posible que cada fin de semana coma y beba rodeada de cariño, descubriendo y disfrutando de las personas que forman parte de mi vida? ¿Es posible que haya superado aquel miedo a la tarde del domingo, cuando la única alternativa a leer era ir a la Gratalonga? Me gusta que el tango sea parte de mi vida, pero que no lo sea porque no tenga otras cosas amables y satisfactorias qué compartir.
Han pasado muchas cosas bonitas en las últimas semanas, no las he escrito porque también tuve gripa y estuve enferma del estómago y hay preocupaciones que trascienden las anécdotas barcelonesas y que absorbieron mi energía y atención. Pero ahora hago un recuento (de las cosas bonitas, no de las preocupaciones) porque es mi manera de agradecerlas:
- Desayuno en casa por el cumpleaños de Soizic, con Berta y Keiko, panqueques medio hechos, zumo de naranja y cotilleo en abundancia.
- Mudanza de Soizic a su nuevo piso en los días previos a la nevada. ¡Qué frío a pesar del sol! Cuando terminamos la hazaña volví a casa dando saltitos, feliz por mi amiga, con todo y que parecía que había agotado mi energía bajando y subiendo escaleras (pesan mucho).
- Ñoquis caseros en casa de Pablo, con baile, debate, risas y muchas ganas de repetirlo.
- Clases y más clases de tango. Por ejemplo, un curso intensivo el fin de semana pasado, de iniciación, donde tuve la satisfacción de que la mayor parte de los asistentes se apuntara a seguir aprendiendo en clases regulares.
- Asado, amigos, flores y dos colibríes la semana pasada, gracias a mis alumnos de los domingos por la noche.
- ¡La milonguita de cambio de roles! Se me ocurrió organizar, en la milonguita que llevo cada miércoles, una práctica donde las chicas pudieran experimentar el “llevar” en lugar de ser llevadas. Fue una divertida manera de acumular sonrisas hasta que casi no había lugar para nada más.
- Las horas dedicadas a co-crear, editar y aprender de Lúdico en el trabajo previo a la publicación de su libro de “ejersucios”. Volver a ejercitar la ficción cuentística gracias a la inspiración de mis sobrinas y compartir todo esto con Ikal y con Yuan, en nuestra cercanía internetosa de continente a continente.
- Días de frío, de lluvia, de hornear tarta de verduras en casa, de hacer un pastel con Berta, de reírnos con los amigos que vienen a casa, de bajar al tomar café con leche con la compi y leer el periódico, de soñar despierta con la primavera y empezar a echar de menos los días oscuros, pero acogedores, del invierno.
Otras aventuras
Hace unos años, cuando pasé las vacaciones navideñas en el rancho de la familia, con mis padres, mi hermana Ceci y sus dos hijas mayores, Maricarmen, de tres años, me tomaba de la mano y me pedía salir al patio a descubrir sus rincones y maravillas. “Vamos a hacer aventuras, tía”, decía. Yo encantada.
“Hacer aventuras” es tan sencillo como eso: salir al patio, salir de casa, cambiar de país. Hacer un lunes lo que nunca haces los lunes, poner la vida de cabeza, hacerle cosquillas en los pies. Me he pasado los últimos tres años de vida haciendo aventuras y de pronto estoy en casa, haciendo lo que hay que hacer todos los lunes, echo de menos a Maricarmen y sus iniciativas y me parece que no tengo aventuras. No me quejo, poner la vida de cabeza, cambiar de casa siete veces en dos años haciendo maromas con el presupuesto mexicano en tierras europeas, enfermar, enamorarme y bailar tango como si el mundo se fuera a terminar mañana, cansa.
Ahora hay un par de libros por terminar de escribir y otro par que comenzar, ropa sobre la cama que acomodar en el armario, una tarta de verduras en el horno, berenjenas sonriéndome sobre la mesa del comedor. Anoche salí a bailar y hoy me duele la cabeza, aunque lo pasé mejor que en mucho tiempo con mis amigas, y asomó por un instante la invitación a una aventura, hoy, frente a la computadora y la lista de tareas me he sorprendido aprobando mi cordura y diciéndome: ya no aguanto nada, soy una viejita.
Pero ahora que la vida se encarrila y avanzar parece más fácil y automático, que las aventuras no amenazan con alegrarme, desestabilizarme y volverme adicta a su adrenalina, es cuando empieza la verdadera aventura (que Kaliwoman me asista). Ahora es cuando las “cosas lindas y significativas” que tanto necesitamos mis mujeres y yo han de materializarse merced a horas frente al ordenador, rutina, estabilidad y un corazón sensato. Sí, febrero tiene lo suyo y puede amenazar mis buenos propósitos, pero hay unas niñas en México que creen que su tía lobo es capaz, y ellas son mi inspiración.
Hermanas de ráfaga y temblor, hermanas mías,
las escucho cantar desde las espesuras de mi noche desierta.
Sé que vuelven ahora para contradecir mi soledad,
para cumplir el pacto que firmó nuestra sangre hasta después del mundo,
hasta que completemos de nuevo la canción.
Olga Orozco
A estas alturas ya odio el invierno: los días son demasiado cortos y las noches heladas, mi abrigo favorito se arruga y perdí uno de mis guantes que brillan. “Todo fuera como eso”, diría mi abuela, con tantísima razón. Son las cuatro de la madrugada y desperté para llorar y ahora intento escribir a ver si así me pasa. Pienso en mi comadre y mi persona favorita en el mundo, las dos en Mérida, las dos con tres críos cada una y las dos pasando por momentos tan duros que no sé qué hago lejos.
Ayer que escribía sentada en la terraza soleada del bar-que, pensaba en mis primeros días en esta parte del mundo. Con cuánto egoísmo me dediqué a vagar, a tomar café y leer en un lugar distinto cada día, a irme de milonga sintiendo que por tres horas los problemas del mundo me eran ajenos. Qué ganas de volver a ese presente intenso. Ahora, aunque me siento en un lugar más seguro, los problemas tocan a mi puerta así coma más proteínas y menos carbohidratos, haga ejercicio, lea y comparta interesantes descubrimientos, analice las fases de la luna y comprenda los beneficios del invierno, de la noche y de la soledad. El dolor me asalta a las cuatro de la madrugada a pesar del magnesio y del triptófano, cuando me he dormido esperando soñar con casa ampliadas y cicatrices brillantes y hermosas. Las lágrimas me visitan a deshoras aunque intente comprender que el dolor no es malo, que mis sobrinas estarán bien aunque la vida les duela como a mí, porque yo estoy bien a pesar de todo, y pueda tocar y dejarme tocar por la belleza cada día, los poemas me dictan que la locura es un antídoto, mi benigna inmadurez, mi lento crecimiento, son un regalo, mi solitario egoísmo un lugar desde no puedo lastimar a nadie, donde a pesar de eso se rompe el corazón porque mis amigas y los hombres de sus vidas y sus retoños sonrientes y cariñosos y tan bellos, sufran y se lastimen a pesar de que se amen sabiendo tan poco como yo lo que es el amor.
Mañana quiero irme a caminar del lado del sol, tal vez me atreveré por fin a pintar, cocinaré y comeré mucho, que me apetece tanto ahora en invierno, haré mis páginas matutinas, actualizaré alguno de los blogs, escribiré cartas, hablaré con Tila y le diré que a pesar de la patente incapacidad humana de contruir intimidad saludable, a pesar de mi terquedad por el aislamiento y la “independencia”, todavía creo que alguna forma de salud, de esperanza en un amor no egóico, son posibles.