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Fin de semana en Cardona

mayo 26, 2012

Sabía que Cardona 2012 no sería igual, que difícilmente superaría la
experiencia del año anterior, cuando empecé a bailar de líder. ¡Qué
equivocada estaba! Intentando dejar mis expectativas en casa y con la
rodilla un poco adolorida, esa tarde me reuní con tres amigos para
irnos en coche a la milonga del viernes. “La delegación
latinoamericana” como nos dimos en llamar, fue todo el camino
escuchando tangos, cantando, charlando y riendo, la noche empezaba
bien. Cuando por fin llegamos a la enorme casa sede del evento, estaba
tan ansiosa por bailar que me dirigí corriendo al lugar de las duchas
para ponerme un vestidito. Ahí me pilló con el sujetador en la mano un
chico desconocido. (El año pasado fui yo la que al recién llegar me
presenté a otro desconocido envuelto en una toalla) Nos saludamos como
si nada: “Soy Claudio, Claudio Cardona”. “Ah, eres el amigo de Vicki,
yo soy Carmen María, ahora bailamos, no?”.

La pista de la sala destinada a la milonga estaba llena y  de pronto
me vi a mí misma bailando con una enorme sonrisa en la cara, no lo
podía evitar, ¿qué pasa en Tangoneta que las piernas cobran vida
propia y les da por bailar mucho mejor que de costumbre?  La noche del
viernes pinchó Sergio, Santos de Veracruz realizó un mural mientras
bailábamos y se presentó por primera vez el dueto del Revire. Ahí
estaban mis amigas, los extranjeros que conocí el año pasado, la gente
llena de talento y buena vibra de la Ravalera y algún desconocido que
hizo aún más interesante la experiencia. No sé muy bien por qué no
recuerdo cómo terminó la noche, sólo sé que era muy tarde, que estaba
muy contenta y que me dolían mucho los pies.  Y era sólo el principio.

Al día siguiente, después de desayunar, asolearme en la terraza,
intentar dormir un poco, y comer, llegó la hora de la milonga en la
plaza del pueblo. Fui de las primeras en llegar pero las nubes negras
se me adelantaron y tuvimos que refugiarnos en la terraza de un bar
mientras caía un chubasco muy fuerte. Por suerte el dueño del lugar
facilitó sus instalaciones para conectar el equipo de sonido y pronto
tuvimos un concierto de gotas de lluvia con música de tango. Alguien
dijo: ¿quién baila? Y Virginia y yo reaccionamos como impulsadas como
un resorte. Al poco rato no sólo estaba empapada y feliz, sino también
helada, pues además de gotas de lluvia cayó granizo. Sin embargo eso
no detuvo a los milongueros, que bailamos sonrientes y enloquecidos
hasta que salió el arcoíris, los parroquianos se congregaron para
mirar el singular espectáculo y los chicos del Revire nos regalaron a
todos un poco de música en vivo. Después de una ducha caliente y
mientras intentaba entrar en calor envuelta en una manta, pensé que
todos estábamos locos, como si fuéramos niños otra vez y no hubiera
una madre prudente que nos detenga. A veces hace falta un lugar
distinto,  la compañía de verdaderos amigos y la sorpresa de un
chubasco para recuperar esa locura sana.
(Continuará)

Higos, flores y frituras de cerdo en la madrugada

abril 28, 2012

Viernes de dolor de cabeza mortal toda la mañana. En mi habitación, con las persianas cerradas y una taza de té a un lado, renuncié a escuchar música y me concentré en sacar adelante algo de trabajo. Cuando me di cuenta era hora de ducharme y ponerme linda para la milonga de los viernes. Estuve jugando a las escondidillas media hora con mi suéter negro en mi desordenado cuarto. Me puse unos mallones debajo del vestido rojo, me recogí el cabello en un moño y me miré al espejo: Oliva, la de Popeye, apareció ante mí. Pero no por mucho tiempo, pues con un poco de labial rojo, el cabello suelto y zapatos de tacón se hizo la diferencia. El dolor de cabeza se quedó en casa.

Sería porque esa noche había música en vivo a cargo del Revire o porque también habría exhibición, el caso es que el pocos minutos la milonga estaba llenísima, y mejor que eso, ahí estaban mis amigas, las de siempre, las que son ahora parte de mi historia, escuchando mis locuras entre tanda y tanda, bailando conmigo como han hecho desde que empecé esta aventura de bailar de leader, y aplaudiendo cuando la Juana y yo hacíamos de las nuestras en la pista.

Dieron las dos y no nos queríamos ir. Le pedí a Olga que pusiera una salsa y bailamos un poquito más, sin resignarnos a terminar la fiesta , alguien dijo que fuéramos al Eliogabal y nadie tuvo que insistir. Berta, Soizic, Juana, Cristina, Olga, Ana, Evelina, Chema, Nacho, ¿quién más? Entramos en tropel, brindamos y nos pusimos a bailar de inmediato como adolescentes algo tímidos, pero eso no duró mucho, pues de pronto las (casi) elegantes milongueras se convirtieron en desaforadas bailarinas que dejaron a todo el bar boquiabierto. La fiesta no duró mucho, pues era tarde ya y el local nos invitó a salir encendiendo las luces. Nos despedimos en la puerta y Berta y yo caminamos hasta Joanic, donde tendríamos que despedirnos pero no, yo estaba alegre como cien cascabeles y las palabras me salían toda velocidad de la boca, y charlando con mi  amiga me pareció que los dramas y chocoaventuras eran sólo un pretexto para tener algo que compartir y analizar. Algo de lo cual reírnos o conmovernos.

Así que nos quedamos un rato entre los edificios largos y delgados que rodean la plaza iluminada, bajo la luna creciente, entre jóvenes que regresaban también a casa después de una noche de fiesta. De pronto se nos acercó un chico con frituras de cerdo en una bolsa de papel ¿quieren? No muchas gracias, le contesté, es que soy vegetariana. Se alejó refunfuñando y se acercó otro chico con una manzana en la mano. Resulta que era un viejo amigo de Berta a quien no había visto desde hacía años. Nos ofreció higos secos (que sí comí, pues no son el cadáver de nada) el chico tenía también una bota con licor que según nos dijo,  le regaló un pastor que se quedó un día sin sus cabras. Yo fui pastora, le conté, un trabajo muy arriesgado que consiste en leer bajo la sobra de un árbol mientras el rebaño se adentraba entre los matorrales. Muy cerca de nosotros había un hombre  sosteniendo un colorido ramo de flores; dos jóvenes borrachos pasaron cerca y nos dijeron: “…mentira, todo es mentira”; eran cerca de las cuatro de la mañana y de pronto me pregunté si no estaría ya soñando.

¡Mangos!

abril 27, 2012

Alguna vez mi máxima preocupación fue intentar que no se me maduren diez kilos de mangos (cosecha de nuestro único árbol de mango en Santa Catarina) al mismo tiempo. Recuerdo que les quité la pulpa, la metí en bolsas de plástico y las congelé para tener mango en tiempos menos dulces. Miento. Siempre he sido una preocupona. Y aunque efectivamente hace unos quince años mi vida era mucho más sencilla que ahora, no faltaba un buen pretexto para sentirme ansiosa y paliar mis preocupaciones con galletas hechas en casa.

Después de esos tiempos domésticos y campiranos fui una maestra feliz hasta que se me ocurrió comprarme un coche. Entonces empecé a preocuparme de dejar de hacer experimentos pedagógicos para garantizarme el sueldo quincenal y mantener el armatoste y mi independencia. Para entonces centraba mi preocupación en ello. “Si soy independiente, seré feliz”. Pero no fue suficiente.

Un día, sudando sobre cien exámenes a calificar, bajo el desalmado calor del verano en Yucatán, me di cuenta de que no le estaba dando gusto a nadie: ni a mis padres, ni a mis alumnos, ni a mis directivos y menos a mí misma. ¿Qué es lo que tú quieres hacer, Carmen María? Me llevó casi año y medio darme cuenta de  cuál era mi vocación y dejarlo todo para seguirla. Estaba tan contenta que no me importó vender el coche, regresar a vivir un tiempo a casa de mis padres y luego planear un eloquecido viaje a España. Y aquí estoy, con días extremadamente felices y otros de pánico total pensando qué haré el siguiente mes para poder seguir viviendo aquí. No es lo único que me inquieta.

Desde que se partió el corazón siendo muy pequeña lo tengo a buen resguardo por aquello de las moscas y los lobos y el bosque oscuro. Después, a solas, lo dejo salir al sol y ser feliz con el viento de primavera y las pálidas esperanzas de una niña que se defiende a fuerza de soñar. Ayer le decía a mi hermana por skype: aprender a quererse y a querer es una tarea hermosa, aunque tantas veces la vida sea todo lo absurda y cruel que puede ser. Noches como la de anoche, cuando el dolor de corazón se me sube a la cabeza, el delgado hilo de comunicación por internet con Cecilia me confirma lo único importante, que no es ni la escritura, ni la danza ni la independencia, ni mi familia ni Barcelona. ¿O no es así, Carmen María?

Tanto

abril 5, 2012

Me gusta escuchar llover, pero no ver las nubes grises desde la ventana, así que mantuve lejos de ella durante estos días llorones  y hoy en la tarde, que salió el sol nuevamente, puse mi portátil nuevamente en el escritorio y miré hacia afuera: y ahí estaban, como una aparición: los árboles  del parque  con sus hojas recién nacidas. ¿Cómo puede cambiar el panorama  tanto en tan poco tiempo? La primavera tiene la respuesta.

Me prometí no escribir hasta que no tuviera buenas noticias que contar. Sentía que de tanto intentar desenredar la madeja, me había tejido una trampa. Bueno, con mucha precaución puedo decir ahora que las cosas son distintas, los días más largos, el baile más fluido y el corazón más ligero. El domingo pasado, comiendo el césped del parque de la Ciudadella en compañía de mi prima Adriana, pasó un señor con un perrito y el animalito se acercó feliz a mí, y yo, contraria a mis costumbres, alagué la mano y lo acaricié. ¡El animalito me conquistó! Mis amigos saben que si alguna vez me gustaron los perros, desde hace mucho no me hacen nada de gracia. Tengo el presentimiento que he estado durante años con el corazón a buen resguardo y ahora empiezo a dejarlo ser.

Más noticias buenas: el curso de haikus  está a punto de empezar y como siempre, que la gente se apunte  y hagamos que valga la pena, siempre me parece un milagro. Hoy por fin terminé de pulir la compilación de mis 50 haikus favoritos y se los envié a mi editor, que los recibió con vítores.  Ayer fue la primera noche al frente de la milonguita de los miércoles en el Desbande, y fue tanta gente que no lo podía creer. Acabo de ir a practicar pasos nuevos con  dos amigos  tan agradables, que celebro mi buena suerte por coincidir con ellos. Mis amigos milongueros me apoyan en la nueva aventura. Por otro lado, en el mundo de la edición, durante tres meses cada nuevo libro que he tenido que revisar me ha aportado un acompañamiento al proceso que estoy viviendo. Y cada uno de estos eventos se desdobla en  historias, sentimientos y agradables descubrimientos hasta el infinito.

Mi hermana acaba de enviarme una foto de mi sobrina Maricarmen corriendo a la orilla del mar. Es una sonrisa con patas  y mi corazón salta con ella. ¿Cómo puede cambiar el panorama tanto, en tan poco tiempo?

Un amuleto

marzo 20, 2012

-    ¿Usted puede hacerme un amuleto de la buena suerte, uno que además me proteja de todo mal?
—Sí, por supuesto, pero antes necesito que me traigas un par de cabezas de ajo,
dos espinas en forma de llave, tu corazón en un pañuelo blanco y los ojos abiertos.

Afuera un máquina taladra el cemento de la calle, pasan los autos ahí abajo como si fueran los patines de gigantes invisibles jugando carreritas, y desde mi computadora suena, muy bajo, un tango de DiSarli. En contraste, me siento silenciosa.  La tarde me parece un poema con sus nubes iluminadas por el sol que se va, y las palomas que caminan en las cornisas del edificio de enfrente.  Ahora escribiré un cliché: ¡por fin es primavera!

Aventuras, todos los días. Incluso cuando me la paso editando un manuscrito sobre Gestalt y haciendo peligrosas excursiones a la cocina. O como la del domingo en la milonga, de donde prácticamente salí huyendo de la tentación, los celos, las miradas torcidas y los milongueros-calamidad.   En el camino de regreso pensé en ese miedo que me ha acompañado desde niña y las ganas de tener un manual-instructivo que me diga qué hacer en cada situación. Me encantaría seguir al pie de la letra las instrucciones si eso garantizara sortear las dificultades y salir victoriosa de las pruebas y aprovechar toda buena oportunidad. Toda mi vida en cambio, ha sido un viaje en donde constantemente tengo que abrir mi mente a la flexibilidad  de un mundo sin reglas fijas, y acudir,  cuando me siento perdida (y a veces a regañadientes) al único instructivo del que puedo fiarme: el de la honestidad y la compasión.

Así que, haciendo caso omiso de mis deseos de refugiarme en mi cueva invernal,  estos días he regresado a unas de las actividades que más tiempo requieren además de entrega y apertura: escuchar a mis amigos. La vida es tremendamente generosa y me ha obsequiado a su vez un par de libros de a dos euros de Pearl S. Buck, (¡horas de feliz lectura en el horizonte!) una agenda con ilustraciones japonesas a mitad de precio, varios vasitos de chai y momentos y más momentos intensos y llenos de una riqueza intangible. ¿Por qué se me olvida que me encantan las personas?

¿Un bombón para quién?

marzo 12, 2012

Hago un lado mi pañuelo desechable y me pongo a escribir. Desde diciembre se han sucedido en mi vida mocos, fiebre, mocos otra vez, frío, tos, más mocos, más fiebre, etc. Al principio sentí una enorme frustración, como la que queda clara en el post de antes de año nuevo. Ahora estoy un poco más reconciliada con esta realidad recordando como a lo largo de mi vida las gripes y afecciones emparentadas  han tenido un papel protagónico y me han servido para detenerme, digerir vivencias y especialmente para conectarme con una realidad trascendente. Todo lo bueno que sucede en mi vida es gracias a la conexión con dolor, con la alegría, por supuesto, con los detalles cotidianos, con el  milagro del arte, con la naturaleza, con el silencio.

Y vuelvo a escribir aquí porque hacerlo pone de manifiesto mis contradicciones, y también me reconcilia con ellas. Ahora mismo pienso en necesidad de contar anécdotas  y hacerme la vivaracha y simpática contrastada con esas ganas enormes de callarme la boca, refugiarme en mi cueva y pensar en las musarañas.  Tengo la necesidad de compartir en este blog lo que vivo y reflexiono y siento miedo de hacerlo y exponerme a miradas incomprensivas, a juicios que yo misma provoco con mi indiscreción.  ¿Y qué mujer no tiene miedo de ahuyentar al chico que le gusta? Ese miedo convive perfectamente con mi irreductible independencia y todos los recursos que tengo y que cada día sigo generando para estar bien “sola”.

Por ejemplo, le contaba hace unos días a Paloma sobre la tanda del bombón en la milonga de los domingos: Las chicas toman un bombón y se lo ofrecen al caballero con el que quieren bailar y él tiene que aceptar. Lo que esta María hace generalmente, es comerse el bombón y luego si nadie la invita a bailar, ella sale a bailar con alguna amiga.  Paloma se rió y me dijo: “Carmen, ese gesto te retrata perfectamente”. ¿Estoy contenta con ello? Sí. Y no. Otra contradicción.

Ayer salí del taller de tango y caminé a casa lentamente. Gràcia el sábado al mediodía día es una fiesta y yo sigo siendo una extranjera que admira los balcones, los mercados y las plazas como si los acabara de conocer. Siento una enorme alegría: estoy aquí, la vida es hermosa, el tango me llena, las personas me gustan. Doy dos pasos más y siento una enorme tristeza: ¿por qué no puedo compartir esta impresión estética, este entusiasmo casi infantil, esta permanente mirada de turista?  “¿Puedes crear esa magia para mí?” Le pregunto a mi hechicera favorita. “Claro que no”, me contesta la muy bruja y eso me consuela. Me consuela, sí, aunque parezca otra contradicción. Es bueno saber que no todo lo bueno que me sucede  depende de mí.  Hay planes mejores que los míos y otras fuerzas que saben hacerlos realidad.

Confianza

marzo 5, 2012

A más de un año de bailar tango en Barcelona me maravillo de la especie de milagro que ha sido  y de que a pesar de siempre estar observando, viviendo, hablando de este mundo, sigo sin poder comprenderlo del todo. Así de complejo y rico es.  Ayer, en el marco de la repleta milonga de los domingos, me acordé de mis primeros bailes y de cómo sentía una especie de autoconfianza  que convivía muy bien con la certeza de que me faltaba (y me falta) mucho por aprender. Sí, hay muchas bailarinas de técnica insuperable, de pasos llenos de gracia y de capacidades extraordinarias para interpretar la música, pero yo sabía que lo que podía compartir bailando en pareja, que no era técnica ni gracia, sino una especie de alegría por el hecho de bailar y conectar. Eso era suficiente por el momento.

Lo comparo con la alegría de escribir. En los talleres de escritura creativa es muy importante que los participantes se olviden de técnicas,  de expectativas y de miedos. No estamos en un taller para ver quién es mejor que quién, o para cumplir con una serie de normas que nos ganen el derecho a pertenecer a una especia de “elite” de escritores. En los talleres se ofrece una invitación a descubrir la parte más creativa, más auténtica, más gozosa de nosotros mismos. Se invita a la autoindulgencia, al descubrimiento y al disfrute.  Ya instalados en una confianza no exenta de humildad, podemos tener la libertad para experimentar, aprender y crecer.

Ayer charlaba con Berta primero y después con Giovanni acerca de los comentarios que en las milongas son capaces de disminuir o destruir del todo esa confianza.”¿Qué te pasa hoy?” “¿Estás como muy tensa, no?” “¿Qué no puedes hacer el ocho cortado?”, “A que no has estado practicando”.   Por supuesto, quienes hacen estos comentarios no son los caballeros del tango, esos bailarines excelsos y siempre gentiles que son incapaces de decir la mínima observación ante la menor torpeza de la chica, a no ser que sea un: “disculpa”.

“Concéntrate en lo que sí no sale bien”, le dije ayer en la Barceloneta a mi compañero súper nervioso, un chico que solamente baila en el rol de follower. Así lo hizo y surgió el milagro. A veces no hacen falta tantas clases, tanta retroalimentación, tanto espíritu crítico. Se trata de bailar, es un pasatiempo social, no una competencia.  Si asumimos el tango como una competencia o cada milonga como una evaluación de fin de cursos,  lo viviremos así, sin duda, y tendremos que cargar las consecuencias de esa elección.  No lo vale.

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